martes, 5 de enero de 2016

El fraude de la responsabilidad social

Patrici Calvo, 03/01/16
Discernir el futuro de la responsabilidad social no resulta fácil en los tiempos actuales. Hace 15 años, el Libro verde (COM 2001) de la Comisión Europea proponía la responsabilidad social como vía posible para convertir el espacio europeo en «la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo, capaz de crecer económicamente de manera sostenible con más y mejores empleos y con mayor cohesión social». Sin embargo, la magnitud de los escándalos que han salpicado a un buen número de empresas y organizaciones económicas desde el comienzo de la crisis, muchas de ellas con una marcada trayectoria en la implantación de políticas y programas de responsabilidad social, ha sembrado la duda sobre los verdaderos motivos que llevan a una empresa a adoptar una actitud responsable ante las expectativas legítimas de sus grupos de interés.

No es de extrañar, por consiguiente, que vuelvan a salir a colación los argumentos esgrimidos por Milton Friedman en 1970 en contra de la responsabilidad social. Especialmente su afirmación de que se trata de un fraude. De un movimiento motivado por la posibilidad de encubrir acciones que se realizan por objetivos que poco o nada tienen que ver con la voluntad de estar a la altura de aquello que los nuevos tiempos exigen. La crisis ha dejado evidentes muestras de ello en forma de elusión fiscal, corrupción, extorsión, excesos injustificables, malversación de caudales públicos, nepotismo y otras formas de mala praxis que han dañado tanto al sector como a la sociedad. Por tanto, parece lógico dar la razón a Friedman y pasar página; es decir, olvidarse de la responsabilidad social y centrarse en lo que realmente importa: cómo maximizar el beneficio de los accionistas.

Sin embargo, no todo ha sido negativo para el movimiento de la responsabilidad social durante estos últimos años. Al mismo tiempo que la sociedad española se empezaba a dar cuenta de que la crisis no iba a pasar de largo, se constituía en Castellón la Mesa de RSC. Se trataba de una propuesta pionera en la Comunidad Valenciana al menos que, surgida de la iniciativa de una empresa privada y una organización pública, buscaba concretar en la práctica un espacio de diálogo para el intercambio de información y experiencias de buenas prácticas en materia de responsabilidad social. Su éxito, más allá del grado de satisfacción de los objetivos establecidos, que también, radicó en su capacidad para atraer la atención de un nutrido y heterogéneo grupo de participantes con un enorme interés por aprender conjuntamente acerca de estos temas.

A lo largo de estos más de siete años de vida, la Mesa de RSC de Castellón ha ido madurando y creciendo en número de participantes y pluralidad de puntos de vista. Actualmente la plataforma cuenta con más de 30 miembros. Diferentes instituciones, asociaciones, fundaciones, ONGs, empresas y organizaciones provenientes de sectores tan dispares como, por ejemplo, la sanidad, la comunicación, la educación, la hostelería, la solidaridad y la industria química. Todas ellas, además del intercambio de experiencias a través de reuniones mensuales, promueven anualmente la realización de distintas actividades conjuntas de buenas prácticas y de promoción y difusión de la responsabilidad social. Cabe destacar al respecto los eventos programados para el próximo 2016. Por un lado, el II Networking para la búsqueda de empleo. Un taller que, coordinado por todas las ONGs de la Mesa, pretende fomentar la empleabilidad de aquellas personas con difícil acceso al mercado laboral. Por otro, la II Jornada de RSC. Un espacio de debate donde expertos en la materia deliberan sobre la actualidad y el futuro de la responsabilidad social.

La Mesa de RSC de Castellón es un buen ejemplo del interés que sigue despertando la responsable social entre los diferentes ámbitos de actividad humana. No obstante, es preciso no caer en la complacencia y pensar en las posibilidades de futuro del movimiento. Y eso pasa por seguir trabajando interdisciplinarmente en su desarrollo y potenciación. Entre otras cosas importantes, en la construcción de un ethos responsable, en el discernimiento de nuevos mecanismos de la participación de los stakeholders, y en la gestión de la dimensión emotiva y moral que le subyace.

Por ésta y otras iniciativas voluntarias y comprometidas, no cabe duda de que el fraude no está en la responsabilidad social, sino en aquellas empresas y organizaciones que hacen un mal uso de ella y utilizan a sus grupos de interés como simples medios para satisfacer un determinado objetivo empresarial. La crisis ha desenmascarado la irresponsabilidad de muchas de éstas. Pero también ha mostrado que conviven con otras muchas empresas y organizaciones que están dispuestas a participar proactivamente de aquello que consideran justo y deseable tenga o no un valor de mercado. La realidad, por tanto, nos está mostrando dos caras bien diferentes. Cuál de ellas formará parte de nuestro futuro como sociedad depende sólo de nosotros. Es cuestión de nutrir una y desabastecer la otra.